Cuenta la leyenda que un día, en 1967, una familia campesina se disponía a abandonar la tierra en la que habían vivido durante años y habían trabajado duro para cosechar. Tenían un hermoso terreno, lleno de árboles frutales, flores silvestres, agua de manantial y un cielo estrellado todas las noches, pero la tragedia llamó a su puerta y nada volvió a ser igual.

Rosario, una de sus hijas, había deshonrado el linaje ancestral al vivir en concubinato con el hijo de un capataz. De esta unión nacieron dos hijos y una Nochebuena, durante la cena familiar, se reunieron en la finca para celebrar. Entre copas y tragos, los dos niños jugaban. A pocos metros se encontraba el pozo de agua profunda que abastecía sus necesidades. Nadie lo notó, nadie lo pensó, nadie lo escuchó. Demasiado tarde se dieron cuenta de que los niños ya no gritaban, ni respondían.

¿Dónde están? preguntó Amalia, su tía. “No los veo”, respondió Rosario, su madre. Fue su desconsolado padre quien vio los cuerpos flotando en un pozo mal cubierto, al que, lamentablemente, saltaron.

Que partida tan triste, solo lágrimas y desolación para dos niños que apenas conocieron el amor.

La tradición ancestral era dar sepultura en la misma propiedad y por eso decidieron enterrar los cuerpecitos junto al corral del ordeño sin pensarlo mucho.

Desde esa noche y para siempre, se escuchó un gemido de horror y el llanto de los pequeños resonó por todos lados.

Incapaces de soportar la tragedia, vendieron sus tierras a quien hiciera la mejor oferta, y desde entonces todos en aquella casa se preguntaron con terror: ¿de dónde viene esa luz? ¿Qué es ese olor a sudario? Deben ser los niños llorando junto al corral del ordeño, buscando la gracia  bendita que nunca recibieron.

Dos hombres valientes, cansados y sin dormir, llegaron al lugar llevando consigo un crucifijo de plata con el cual preguntaron a los niños por qué no podían descansar, a lo que ellos respondieron: “Nunca fuimos bautizados y aquí seguimos atados, atrapados en Cunaviche”. hasta que alguien se atreva a abrir un portal, a estas almas en dolor que no han podido volar.”

“Dígame, mi Mayor”, dijo el capataz. “Olivo, traiga al cura y al sacristán. Sin su ayuda este problema no podremos solucionar” respondió el Mayor.

Dos botellas de agua bendita, cuatro velas consagradas, un rosario y media hora de oración ininterrumpida, finalmente hicieron que estos niños descansaran en paz y desde entonces nadie ha vuelto a preguntar: quién llora en el corral.

De la serie “Historias de Llano Adentro”

Escrito por Layla Garrido