Todas las historias tienen un final. Bueno, malo, triste, inesperado, abrupto, pero final, al fin y al cabo. La historia de Francisco y Lourdes no es la excepción. Fueron buenos amigos desde la infancia, sus familias fundaron lo que hoy se conoce como El Trigal. 

Un pueblo desolado se convirtió en una próspera ciudad a manos de estas dos familias de grandes hombres empresasarios e ilustres personalidades en diferentes ámbitos académicos.

No pasaron más de dos años después de cumplir la mayoría de edad y tanto Francisco como Lourdes fueron enviados a estudiar lejos de El Trigal. Francisco estudió en una de las mejores instituciones de Barcelona, y Lourdes en Madrid.

Una vez terminaron sus estudios universitarios, y luego de ocho años de amores furtivos y relaciones tormentosas, ambos estaban de vuelta en el seno familiar disfrutando la época de Navidad en El Trigal.

Nuevamente se volvieron muy cercanos y en muy poco tiempo terminaron enredados en una relación sin bases sólidas. Sus cimientos estaban construidos sobre el ego, la vanidad, la necesidad de aprobación, la rebeldía de la juventud y la soberbia de mostrarle al mundo que “tenían toda la razón”. Ambos se mintieron. Ninguno estaba realmente enamorado, Solo tenían la idea de construir una gran relación para elevar su ego.

Pasaron muy rápido los tres meses que tardaron en planear la boda, invitar orgullosamente a todos sus amigos y conocidos, haciendo alarde de lo “felices” que eran al tomar esta apresurada decisión.

Francisco siempre supo que su conducta era percibida como imprudente, irresponsable y osada. Años atrás se había visto involucrado en algunos problemas judiciales, de los cuales salió bien librado gracias a su astucia para gestionar o manipular los resultados siempre a su favor.

Lourdes por su parte dedicó toda su adolescencia y juventud a estudiar y sacar adelante su vida profesional para poder darle un soporte digno a su familia, que había tenido que sortear un sinnúmero de dificultades debido al divorcio de sus padres.

Al ser la mayor de cinco hermanos, en ella recayó la mayor responsabilidad para que su familia pudiera salir adelante.

Cansada de este exceso involuntario de responsabilidades y de los constantes conflictos, sumado al drama familiar de ver a su padre disminuido, enfermo y sin poder levantar cabeza, Lourdes prefirió evadir la realidad y huir del nido materno, eso sí, cuanto antes mejor, sin detenerse a pensar en el dolor que le causaría esta decisión a su madre y sus hermanos, especialmente a Carlota, la menor, para quien fue como una segunda madre al hacerse cargo de algunas cosas que su verdadera madre había dejado de atender, pues sus energías estaban enfocadas en lidiar con una profunda depresión causada por su tormentoso proceso de divorcio.

A este punto, Lourdes ya había hecho el anuncio oficial de su boda y no había marcha atrás. Francisco adulaba con orgullo las cualidades de Lourdes y ella sentía que había encontrado la pareja ideal, un hombre que no le tenía miedo a nada, que iba de frente contra el mundo y que decía dar lo que fuera por verla feliz.

Pero, ¿sería esa una base suficiente para que esta relación pudiera ser duradera? 

Fue una boda maravillosa, una velada emocionante. Familiares y amigos se unieron a esta celebración pero sin duda muchos de ellos vaticinaban que esto no duraría mucho. Solo sería cuestión de tiempo.

Lourdes siempre vio las señales de alerta pero simplemente decidió ignorarlas. Total, qué más daba si ya la decisión estaba tomada y ninguno de los dos daría un paso atrás porque su ego era más grande que su conciencia.

Al casarse con ella, Francisco demostraría que era capaz de rehacer su vida después que haber terminado una relación de más de ocho años con su amor de infancia. Sin duda, Elena, su antiguo amor, también había visto las señales de alerta y, aunque le costó demasiado romper el ciclo, al final fue lo suficientemente valiente para abandonarlo y enfocar sus energías en una nueva relación, a lo que Francisco en su orgullo herido respondió con un agresivo revanchismo que dio como resultado contactar a Lourdes, cuando se dio cuenta que aún conservaba su número telefónico en la vieja libreta que mantenía en un cajón olvidado.

El día de esa llamada cambió todo para Lourdes; nunca más volvió a ser la misma. El brillo de sus ojos se convirtió en sombra y la alegría de su alma se transformó en ansiedad, incertidumbre, duda, frustración y dolor.

Al principio, ella creyó haber cumplido un sueño: llamar la atención de quien no solo la había despreciado en el pasado, sino que había iniciado una relación con una de sus mejores amigas para satisfacer su narcisismo exacerbado, para después también romper con ella bajo cualquier pretexto, como lo había hecho con Lourdes, porque de cualquier manera él siempre regresaba con Elena, su amor de infancia, una y otra vez.

Pero, algo era diferente esta vez. Era Elena quien había mirado hacia otro lado permitiendo la entrada de un hombre nuevo a su vida. Esto ya era otro nivel. Francisco no solo no seguiría insistiendo en convencerla de regresar sino que haría hasta lo imposible porque a ella le doliera tanto como a él cuando lo viera con otra mujer a su lado, y Lourdes era la candidata perfecta: profesional, independiente, sola, criada en una familia disfuncional y con una autoestima tan golpeada que esta boda le vendría bastante bien para cambiar de vida.

A solo tres meses de haber celebrado este matrimonio, Lourdes tuvo que enfrentar la verdad más cruda, sin anestesia. Francisco mostraba la otra cara de la moneda; una pareja posesiva, celosa, absorbente y altamente tóxica. Para ese momento, surgía un problema mayor; Lourdes se daba cuenta de que estaba muy enamorada de la idea de salvarlo de sus propios demonios, así que decidió seguir a su lado si él aceptaba que la única posibilidad de salvar su matrimonio era acudir a terapia, lo que en efecto sucedió.

Sin duda, fue una experiencia abrumadora, pero abrochense los cinturones porque aún había más sorpresas y ella pronto conocería el lado más oscuro de esta historia.

Continuará….