¿Quién dijo que soltar era fácil? Es tal vez una de las decisiones más complejas a las que nos vemos enfrentados cuando la vida nos pone en situaciones que nos cuesta aceptar. 

Hoy, después de algunas batallas inconclusas, gritos de independencia y sentimientos encontrados, puedo decir con certeza que soltar, libera. 

Cuando ya logramos liberarnos, dejamos de sentir culpa por las decisiones del pasado, arrepentimientos por aquellas decisiones que nunca tomamos, e incertidumbre por las decisiones que tendremos que tomar en el futuro. 

Es aquí cuando me pregunto si he hecho bien las cosas para las que Dios me eligió. 

– Hija: traté de dar siempre lo mejor de mi

– Hermana: cómplice de aventuras

– Estudiante: impulsada por los retos

– Profesional: comprometida con la excelencia

– Amiga: NO al compinche, SÍ a un oído siempre dispuesto a escuchar y una voz dispuesta a entregar amor y confianza en cada palabra.

– Esposa: subidas y bajadas

– Nuera: apoyo incondicional

– Madre: coach de vida certificado, con especialización en empoderamiento juvenil para el desarrollo de adultos con una autoestima sólida, dispuestos a dar el paso a una independencia responsable. 

Sin duda, mi rol de madre es al que más empeño le he dedicado. No sé si es bueno o malo dedicar todas mis energías y hacer enormes “sacrificios”, si es que se le puede llamar sacrificio a los actos que son producto del amor, en pro de formar mejores adultos para el futuro, pero creo que ha valido la pena. Más que un sacrificio, podría decir que ha sido un placer porque se experimenta la satisfacción de un deber cumplido. 

Alguna vez, una terapeuta a la que recuerdo con especial agradecimiento, me dijo “crecer, duele”. Cuánta razón hay en esas palabras. 

Cuando veo a mis hijos emprender su vuelo con total confianza, sé que han crecido y que aunque yo me haya esforzado en darles las mejores herramientas para enfrentarse al mundo, tendrán momentos de dolor que sin duda los harán más fuertes. 

Llega ese momento en el que esperan que deje de tratarlos como niños y empiece a verlos como adultos. Esto incluye un inevitable desprendimiento emocional porque, si hemos hecho un buen trabajo como padres, nuestros hijos cada vez nos necesitarán menos. 

De repente, cada uno sigue su rumbo y al notar que muy pronto la casa estará un poco más vacía, la cápsula del tiempo me transporta a mi adolescencia y es cuando digo: 

Ma, lamento haberte causado angustia cuando me demoraba en regresar a casa, lamento haberte preocupado cuando tomé decisiones sin pensar, perdón por llevarte la contraria cuando solo querías protegerme, discúlpame por ignorar tus consejos, y así podría seguir enumerando infinidad de cosas que pasé por alto, exponiéndome a los peligros de la vida por el dulce sabor de sentirme adulta. 

Por eso, soltar es un arte. Cómo cuesta soltar. Se requiere entrenamiento y habilidad para no morir en el intento. 

Escrito por, Layla Garrido

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