Rebeca, o mejor conocida como la “Niña” Rebe, nació en una hermosa ciudad de Colombia, llamada Montería, donde el rio Sinú se pasea impetuoso mientras guarda celosamente las historias macondianas de sus habitantes.
Apenas tenía 15 años cuando conoció al que sería el amor de su vida y poco tiempo después partió con él hacia nuevas tierras para explorar un mundo lleno de aventuras.
Mujer romántica, soñadora, inteligente y astuta. Siempre dispuesta a ayudar a los más necesitados y con un gatillo en la lengua para disparar la frase perfecta cuando algo no era de su agrado.
Ipiales, Riohacha, Bogotá, fueron algunas de las ciudades donde tuvo que vivir debido a la profesión de su esposo, quien era un militar de alto rango conocido y respetado por su recio carácter.
Finalmente, se estableció en las llanuras del Casanare y acogió en su hacienda a todo aquel que llegaba a visitarla.
Espléndidos desayunos hacían parte de la estadía. Más de quince nietos visitaban su casa todos los veranos, y como si no fuera suficiente bullicio, ellos invitaban a sus amigos, así que considerando un invitado por nieto, el grupo ascendía a treinta muchachos de energía desbordante.
Pero, cómo era posible que la Niña Rebe pudiera manejar estos grandes grupos de huéspedes sin volverse loca? Además de su habitual cantaleta, lo que nadie veía era el poder logístico que albergaba en su mente, capaz de controlar los procesos y su respectiva cadena de suministro. Era sin duda la mejor gerente.
Ohhhh…Blanca, levanta a los muchachos
– Voy Niña Rebe
Ohhh…Sonia, pregunta qué van a desayunar
– Sí Niña Rebe
Ohhh… Camilo, ya trajeron la leche del ordeño desde la otra casa
– Sí Niña Rebe
Mijo, trajiste el pan del pueblo?
– Sí Niña Rebe
Ohhh…Flor, ponle a cada uno su toalla encima de la cama y diles que traigan la ropa sucia
– Sí Niña Rebe
Todo giraba en torno a la Niña Rebe, no se le escapaba ni un solo detalle. Sus cuidados y muestra de cariño no tenían límite, al igual que sus acostumbradas cantaletas.
– A qué van al pueblo, no hay nada qué hacer allá
– No se maquillen, se ven más bonitas al natural
– Nada de andar con novios, deben darse su lugar
Y así podría seguir la lista, pero hoy esas mal llamadas cantaletas retumban en los oídos de esos muchachos, ya adultos. Si hubiéramos escuchado más a la Niña Rebe, si hubiéramos respetado más su sabiduría, otra sería la historia.
Horas y horas, tumbada en su hamaca haciendo crucigramas, algo en lo que nadie podría ganarle, leyendo novelas románticas o fiel a sus oraciones, rogando siempre por el bienestar de todos y cada uno de los miembros de su familia. Rezando el rosario, iba un Ave Maria por cada nieto, otro por cada hijo, otro por cada nuera, cada sobrino, cada hermano.
Ay Niña Rebe, qué sería de la familia si no fuera por tus rezos. Madre inigualable, abuela amorosa, esposa resiliente. Es un honor ser tu nieta!
Hay quienes dicen, pero si yo soy feliz así, a mí no me incomoda, no tiene caso levantarla, mejor dejar los santos quietos, ya no tiene sentido. Error, no solo estás limpiando tu casa espiritual, también estás limpiando el camino de todas tus futuras generaciones. No hay mejor regalo que entregarles la casa limpia para que puedan habitar sin miedo y recorrer con confianza el camino que han de seguir.