Para los que no conocen la historia del silvón, y sus diversas variaciones según la región del llano donde se la cuenten, hay una leyenda muy particular y es que entre más lejos se oye su silvido, más cerca se encuentra esta ánima en pena.
Muchos años pasaron antes de que nos atrevieramos a dormir sin miedo en las oscuras habitaciones de aquella hacienda llamada La Giralda. Más de quince veranos, fiestas patronales, ferias ganaderas y por supuesto, tardes de toros coleados.
Una noche, ya bastante tarde, después de haber disfrutado un memorable parrando llanero en una hacienda vecina, regresábamos a caballo sin notar que se aproximaba un fuerte aguacero. Cuál sería nuestra sorpresa cuando los caballos empezaron a sentir la lluvia en su lomo y al mismo tiempo su cabalgar se volvió intenso y acelerado. No era la lluvia, no era el temor. A lo lejos se oía el silvido del silvón, que si hacemos caso a la leyenda, debía estar practicamente sentando en el anca, soplando al oído.
Corrimos, corrimos y corrimos, hasta llegar finalmente a casa con el corazón a punto de estallar. Después de este susto, apenas si logramos desmontar el caballo y con las piernas temblorosas notamos con rareza que todos los equinos llevaban una hermosa trenza tejida en su cola. Pero… cómo puede ser esto posible? Cuando canta el silvón, cualquier bruja se le pega.
De la serie Historias de Llano Adentro
Escrito por Layla Garrido