Hace un par de años, volví a leer “El amor en los tiempos del cólera” y sentí que mi memoria se sacudía, recordando mis tiempos como estudiante universitaria cuando la literatura consumía mis horas de estudio.
Esta historia, tan romántica como inquietante, me hace cuestionar el comportamiento de los personajes. Fermina Daza sufrió en silencio la ausencia de su amado, provocada por las artimañas de su padre, quien se encargó de comprometerla en matrimonio por sus propios intereses.
Florentino Ariza se resignó a perder a la única mujer que había amado y vivió con la esperanza de tenerla algún día entre sus brazos. Esperó pacientemente por cincuenta años, durante los cuales tuvo que pasar por las experiencias más dolorosas. Ella también, pero él nunca lo supo.
Eran tiempos difíciles, especialmente para las mujeres porque debían cuidar su honor y ser siempre ejemplo de rectitud, y para los hombres de buenos sentimientos porque podían ser considerados débiles. Aquí, ninguno de los dos luchó lo suficiente para lograr su sueño de estar con quien realmente amaban.
Florentino encontró refugio en el sexo desenfrenado, trasladando sus sentimientos a un congelador de emociones. Fermina asumió su nuevo destino con altura y dignidad, respetando siempre a quien le fue asignado como marido. ¿Podría haberse negado? Creo que habría sido socialmente castigada. Habría sido discriminada y señalada con la lengua chismosa de la gente. El papel de la mujer siempre fue guardar silencio, limpiar las heridas de su corazón y seguir soportando en silencio la agonía de estar atada a un hombre al que no amaba.
Recuerdo las palabras de mi madre cuando nos sentábamos a compartir historias, y hubo una frase que me llamó la atención al contarme un caso cercano de un esposo abusivo y una mujer desesperada, le pregunté: ¿Por qué aguantaba tanto? ¿Por qué ella no lo dejó y se divorció? Y ella respondió: “Mi amor, en aquella época era peor ser divorciada que prostituta. No había otra opción para ella”.
Un amor truncado por los caprichos del destino, pero firme en la esperanza de unir caminos, aunque eso signifique una espera de medio siglo. ¿Podría prevalecer en la dimensión espiritual? Dos almas rotas en la tierra, ¿podrían unirse en la muerte? No sé si todavía quedan Ferminas y Florentinos dispuestos a esperar tanto, pero un amor como el de ellos bien vale la pena intentarlo sin esperar a morir para reencontrarse.
Escrito por Layla Garrido.